Fragmento: BARTLEBY, EL ESCRIBANO

“Bartleby no es una metáfora del escritor, ni el símbolo de nada. Es un texto violentamente cómico, y lo cómico siempre es literal. Es como una novela corta de Kleist, de Dostoievski, de Kafka o de Beckett, con las que conforma un linaje subterráneo y prestigioso. Solo quiere decir lo que dice, literalmente. Y lo que dice y reitera es PREFERIRÍA NO HACERLO, I would prefer not to. Es la fórmula de su gloria, y cada lector enamorado la repite a su vez”. Gilles Deleuze

Bartleby es más que un artificio o un ocio de la imaginación onírica; es, fundamentalmente, un libro triste y verdadero que nos muestra esa inutilidad esencial, que es una de las cotidianas ironías del universo”. Jorge Luis Borges

Lee un fragmento:

EXTRACTO: BARTLEBY, EL ESCRIBANO
Soy un hombre bastante entrado en edad. A lo largo de treinta años, mis pasatiempos me han puesto en contacto con un grupo interesante y singular, del cual hasta ahora nada se ha escrito, que yo sepa. Me refiero a los escribanos o copistas judiciales. He conocido a muchos, en lo profesional y en lo personal. Si quisiera, podría contar historias que harían sonreír a los caballeros de buen corazón y llorar a almas más sentimentales. Pero paso por alto las biografías de todos los demás copistas a cambio de unos pocos episodios de la vida de Bartleby, el escribano más extraño que me ha tocado ver o conocer. Podría escribir la vida completa de otros colegas suyos, pero con Bartleby eso es imposible. No existen los materiales necesarios para una biografía completa y satisfactoria de este hombre. Es una pérdida irreparable para la literatura. Bartleby era unos de esos seres de los que nada se puede aseverar sin fuentes originales, y las fuentes que existen son escasas. Lo que mis ojos asombrados vieron de Bartleby: eso es todo lo que sé de él, con la salvedad, claro, del borroso informe que figura al final de este relato.

Antes de presentar al escribano tal como se me apareció en un principio, diré algo sobre mí, mis empleados, mi profesión, mi bufete y el ambiente que me rodea. Lo hago porque esa descripción es indispensable para entender bien al personaje principal que voy a presentar. En primer lugar, soy un hombre que desde joven ha tenido la convicción de que la mejor vida es la vida fácil. Por eso, aunque practico una profesión consabidamente agitada, a veces tensa y turbulenta, eso nunca ha alterado mi paz interior. Soy de esos abogados poco ambiciosos que jamás se ven en la obligación de dirigirle la palabra a un jurado y que no buscan ningún tipo de reconocimiento público. En la sobria tranquilidad de mi cómodo retiro me dedico a hacer cómodos negocios con los bonos, hipotecas y títulos de propiedad de mis clientes ricos. Los que me conocen me consideran un tipo eminentemente confiable. El difunto John Jacob Astor, personaje muy poco dado a entusiasmos poéticos, declaraba sin titubeos que mi primera gran virtud es la prudencia; la segunda, el método. No lo digo por vanidad: simplemente dejo constancia de que mis servicios profesionales fueron muy requeridos por el difunto John Jacob Astor, nombre que, lo confieso, me encanta repetir, porque tiene un sonido rotundo y esférico, tintinea como el oro macizo. Agrego sin tapujos que nunca me dejó indiferente la buena opinión que el difunto John Jacob Astor tenía de mí.

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Un poco antes de la época en que empieza esta historia, mis actividades de trabajo se habían intensificado. Me habían conferido el cargo antiguo y noble de Maestro Consejero de la Corte Suprema, ahora extinto en el Estado de Nueva York. No era un trabajo muy arduo, pero ofrecía una remuneración muy agradable. Yo casi nunca pierdo la compostura y menos aún me permito indignaciones peligrosas ante la injusticia o el atropello, pero permítanme que me precipite y declare aquí que la repentina y violenta supresión del cargo de Maestro Consejero de la Corte Suprema, en la nueva Constitución, es un acto prematuro, considerando que yo tenía mis planes para sacar provecho de sus granjerías vitalicias y, en cambio, apenas las pude disfrutar unos pocos y breves años. Pero me desvío.

Mis oficinas se ubicaban en el número – de Wall Street. Por un lado, limitaban con uno de los muros interiores de un amplio y blanco tragaluz que bajaba desde la azotea al primer piso del edificio. El panorama de este espacio era más bien apacible, carente de eso que los pintores paisajistas llaman “vida”.

La vista al otro extremo de mis oficinas ofrecía, por decir lo menos, un contraste. Por ese lado, mis ventanas dominaban sin obstáculos una alta pared de ladrillos, ennegrecida por los años y la penumbra eterna. No era necesario ningún catalejo para apreciar sus bellezas escondidas. Al contrario, como para que la disfrutara hasta el espectador más miope, esa pared se arrimaba a escasos metros de mi ventana. Por la gran altura de los edificios vecinos y por estar ubicado mi bufete en un segundo piso, el espacio entre esa pared y la mía daba la impresión de formar una inmensa fosa cuadrada.

Justo antes de que llegara Bartleby, yo tenía bajo mis órdenes a dos copistas y a un jovencito emprendedor que se encargaba de los mandados. El primero, Turkey; el segundo, Nippers; el tercero, Ginger Nut. Parecerán nombres poco comunes, pero la verdad es que se trata de apodos que se habían puesto entre ellos y que supuestamente reflejaban la personalidad y el carácter de cada uno. Turkey era un inglés bajo y gordo, más o menos de mi edad; es decir, llegando a los sesenta. Por la mañana su cara tenía un fino tono rosáceo, pero pasando el mediodía, su hora de almuerzo, esas mejillas ya ardían como brasero de ascuas navideñas. Y seguían ardiendo, aunque disminuyendo poco a poco en intensidad, hasta casi las seis de la tarde. A partir de esa hora desaparecía el dueño de ese rostro, y con esto se podría decir que Turkey parecía seguir en paralelo el tránsito diario del sol: ascendía, alcanzaba su cénit y declinaba, día tras día, con la misma regularidad y el mismo esplendor.

Entre las muchas coincidencias raras que he visto en mi vida, destaca que en el momento exacto en que las mejillas coloradas y radiantes de Turkey lanzaban sus rayos más resplandecientes, justo entonces, en ese momento crítico, también comenzaba el período en que su capacidad de funcionar quedaba seriamente disminuida para el resto de la jornada. No es que se pusiera ocioso ni que le hiciera el quite al trabajo: muy por el contrario. El problema era que se ponía demasiado enérgico. Se apoderaba de él una temeridad extraña, exacerbada, frenética, atolondrada. Se descuidaba al mojar la pluma en el tintero. Todas las salpicaduras de tinta que se veían en sus documentos se producían después del mediodía. No solo se ponía temerario y dado a los borrones durante la tarde, sino que a veces iba más allá y se ponía derechamente bullanguero. En esas ocasiones su cara se inflamaba de grandes destellos, como cuando uno echa carbón piedra encima de la antracita encendida. Raspaba la silla contra el piso causando chirridos desagradables, desparramaba la arena de su cenicero. Al preparar sus plumas, de pura impaciencia, las cortaba en mil pedazos y después las tiraba al piso con una furia repentina. Se paraba y se lanzaba encima de su escritorio, desparramando sus papeles de la manera más indecorosa: triste espectáculo para un hombre ya entrado en edad. A pesar de esto, Turkey me era muy valioso. Antes del mediodía era el ser más eficiente y calmado, capaz de despachar una gran cantidad de trabajo con un estilo difícil de imitar. Por eso yo estaba dispuesto a pasar por alto sus excentricidades, aunque de vez en cuando me vi forzado a llamarle la atención. Lo hice siempre con mucho cuidado, eso sí, porque si bien en la mañana era el hombre más educado –no, el más insulso– y más respetuoso, por la tarde, ante cualquier provocación, se le soltaba la lengua; de hecho, se ponía insolente. Yo valoraba sus servicios matutinos y estaba resuelto a no perderlos, pero al mismo tiempo me sentía incómodo con su modo acelerado después del mediodía. Como soy hombre de paz, para evitar que mis reprimendas provocaran réplicas groseras, me propuse un sábado al mediodía (siempre se ponía peor los sábados) darle a entender, muy gentilmente, que quizás ahora que se estaba poniendo mayor, le haría bien disminuir sus tareas. En breve, le dije que ya no tenía obligación de ir a la oficina por la tarde y que después de almorzar mejor se fuera a su casa a descansar hasta la hora del té. Pero no: insistió en el cumplimiento de sus deberes vespertinos. Se le puso el rostro intolerablemente ardoroso y se puso a gesticular, blandiendo una larga regla desde el otro extremo de la oficina, y a argumentar como un gran orador que si sus servicios matutinos eran útiles, ¿cómo no iban a ser indispensables por la tarde?

–Con respeto, señor –dijo Turkey–, me considero su mano derecha. En la mañana apenas organizo y despliego mis columnas, pero en la tarde me pongo a la cabeza y heroicamente acometo al enemigo, ¡así! –y embistió violentamente con la regla.

–Pero los borrones, Turkey –le insinué.

–Cierto, pero, con respeto, señor: ¡mire estas canas! Me estoy poniendo viejo. Seguro, señor, que uno o dos borrones en una tarde calurosa no se pueden reprochar con tanto rigor. La vejez, aunque borronee páginas enteras, es honorable. Con respeto, señor, nosotros dos nos estamos poniendo viejos.

Esta apelación a sentimientos compartidos fue difícil de resistir. Ahí me di cuenta de que Turkey no se iba a ir. Entonces tomé la decisión de dejarlo hacer lo que quisiera, resolviendo, eso sí, que por las tardes le iba a encargar trabajos de menor importancia.

Nippers, el segundo de la lista, era un joven de veinticinco años, de barba y bigote, pálido y en general con un aspecto como de pirata. Siempre pensé que era víctima de dos poderes malignos: la ambición y la indigestión. La ambición se le notaba en cierta impaciencia con los deberes de un simple copista y en su costumbre de usurpar sin justificación asuntos estrictamente profesionales, como cuando se ponía a redactar documentos legales por cuenta propia. La indigestión se le manifestaba en arranques de terquedad y de mal genio, en una mueca de irritación que le hacía rechinar los dientes cuando cometía errores al copiar, en imprecaciones innecesarias (musitadas, más que habladas) al fragor de la tarea, y especialmente en su constante molestia con la altura de su mesa de trabajo. Aunque tenía mucho ingenio mecánico, Nippers nunca pudo acomodar esa mesa a su gusto. Le puso tablillas por debajo, listones de distinto tipo, pedazos de cartón, y hasta llegó al extremo de intentar un ajuste exacto insertando pedazos doblados de papel secante. Pero ningún invento le resultaba. Para aliviarse la espalda, levantaba el tablero en ángulo hasta que le llegaba casi al mentón y así escribía, como si usara el techo inclinado de una casa holandesa como escritorio. Acto seguido, declaraba que esa postura le paraba la circulación de los brazos. Si después bajaba la mesa al nivel de la cintura y se agachaba para trabajar, le volvía el dolor de espalda. La verdad es que Nippers no sabía lo que quería. O mejor dicho, si algo quería, era deshacerse completamente de su mesa de escribano. Su ambición enfermiza se manifestaba en su costumbre de recibir en la oficina a tipos de aspecto dudoso y mal trajeados a los que llamaba clientes. Lo cierto es que yo estaba al tanto de que Nippers no solo tenía ambiciones políticas a nivel local sino que también hacía trabajitos de ocasión en los tribunales y que era conocido hasta en los escalones de la cárcel que llaman las Tumbas. Tengo buenas razones para creer que un tipo que llegó a buscarlo cierta vez en mis oficinas y a quien, para darse ínfulas, Nippers llamaba su cliente, era en realidad un acreedor suyo, y que la supuesta escritura que el tipo le traía no era otra cosa que una cuenta impaga. Pero con todos sus defectos y con todas las molestias que me causaba, Nippers, como su compatriota Turkey, me era muy útil. Tenía una letra clara y rápida y cuando quería hasta podía pasar por gente decente. A esto se añade que siempre se vestía como caballero, con lo que contribuía a la buena imagen de mi bufete.

En lo que respecta a Turkey, me costaba mucho evitar el desprestigio que su presencia me significaba. Su ropa se veía grasienta y tenía olor a cocinería. En verano, usaba unos pantalones muy sueltos y bolsudos. Sus chaquetas eran execrables, su sombrero no se podía ni tocar. La verdad es que el sombrero no me importaba, porque debido a su natural cortesía y deferencia, como buen subalterno inglés, se lo sacaba cada vez que entraba, pero la chaqueta era otra cosa. Traté de razonar con él sobre su vestimenta, sin resultado. Supongo que un hombre de tan pocos ingresos no podía darse el lujo de andar con la cara reluciente y con un traje reluciente al mismo tiempo. Como dijo Nippers una vez, Turkey gastaba su dinero principalmente en pagar deudas. Un día de invierno le regalé a Turkey un abrigo mío de muy buen aspecto: un sobretodo gris acolchado que abrigaba mucho, con botones desde el cuello hasta la rodilla. Me imaginé que Turkey iba a agradecer el gesto y moderar sus imprudencias y escándalos. Pero no, estoy convencido de que ese abrigo, mullido y cálido como una frazada, tuvo un efecto pernicioso en él, debido al principio de que demasiada avena es mala para los caballos. Así como un caballo muestra que ha comido demasiada avena poniéndose chúcaro y porfiado, de la misma manera Turkey reaccionó con el nuevo abrigo: se puso más insolente. A ese hombre lo perjudicaba la prosperidad.

Yo tenía mis teorías acerca del comportamiento descontrolado de Turkey, pero en lo que toca a Nippers estaba convencido de que era por lo menos un joven sobrio, a pesar de sus otros defectos. Pero pareciera que al nacer la naturaleza misma le dispensó un trago tan fuerte con ese temperamento irritable, semejante a una borrachera, que ya ni necesitaba tomar alcohol. En medio de la quietud de mi despacho, Nippers se levantaba a veces de su silla con impaciencia, se inclinaba sobre la mesa, abría los brazos, tomaba el escritorio entero y lo meneaba y lo zamarreaba con un movimiento lúgubre, haciéndolo girar en el piso, como si ese mueble perverso tuviera la voluntad propia de frustrarlo y de burlarse de él. Cuando pienso en eso, veo con claridad que para Nippers tanto el agua como el licor eran totalmente innecesarios.

Por suerte para mí, debido a esa causa tan extraña (la indigestión), el mal genio y el nerviosismo de Nippers se manifestaban por la mañana, mientras que por la tarde ya andaba relativamente calmado. Y como los paroxismos de Turkey venían después del mediodía, nunca tuve que lidiar con las excentricidades de los dos al mismo tiempo. Los exabruptos de mis copistas se alternaban, como guardias de palacio. Cuando los de Nippers estaban de turno, los de Turkey estaban de franco, y viceversa. Dadas las circunstancias, era un buen arreglo.

Ginger Nut, el tercero de mi lista, era un muchacho de unos doce años. Su padre era cochero y tenía la ambición de ver, antes de morir, a su hijo sentado en la testera de un tribunal y no en el pescante de una carreta. Así que lo mandó a mi oficina como aprendiz, recadero, aseador y barrendero, todo por un dólar a la semana. Tenía un pequeño escritorio a su disposición, pero apenas lo usaba. Cierta vez que revisé su cajón, encontré ahí una amplia gama de cáscaras de distintos frutos secos. Parece que para ese joven despierto, toda la noble ciencia del derecho cabía en una cáscara de nuez. Entre los deberes de Ginger Nut, uno de los más importantes era traerles pasteles y manzanas a Turkey y Nippers, encargo que cumplía con la máxima aplicación. Dado que copiar documentos legales es un oficio proverbialmente árido, mis dos copistas acostumbraban refrescar la garganta con esas manzanas Spitzenberg que se vendían en numerosos puestos cerca de la Aduana y el Correo. Muchas veces también le pedían a Ginger Nut que les trajera ese pastelito tan especial –pequeño, chato y muy sazonado– en honor al cual le habían puesto el apodo. En las mañanas frías, cuando no había mucho que hacer, Turkey era capaz de tragarse docenas de estos pasteles como si fueran obleas (los venden a seis u ocho por centavo) mientras el rasguido de su pluma se mezclaba con el crujido de las partículas crocantes en su boca. Entre los percances furibundos y los atolondramientos vespertinos de Turkey, recuerdo que una vez humedeció un pastel de jengibre entre sus labios y lo estampó en un título hipotecario, a modo de sello. Estuve a un pelo de despedirlo aquella vez, pero me aplacó con una reverencia oriental, diciendo:

–Con respeto, señor: opino que fue generoso de mi parte poner este sello a expensas mías.

Tengo que decir que mi ocupación original de buscador de títulos y redactor de escrituras de transferencia y documentos recónditos de todo tipo aumentó considerablemente cuando asumí el cargo de Maestro Consejero. Mis escribanos tenían una tremenda cantidad de trabajo. Aunque los apremié, no daban abasto, por lo que me vi en la obligación de buscar un nuevo empleado.

En respuesta a mi aviso, una mañana apareció un joven inmóvil parado en mi umbral. La puerta estaba abierta porque era verano. Puedo ver esa figura ahora: pálidamente pulcra, lastimosamente decente, incurablemente desolada. Era Bartleby.

Después de cruzar un par de palabras con él sobre sus calificaciones para el trabajo, lo contraté, contento de tener entre mi escuadrón de copistas a un hombre de aspecto tan calmado. Pensé que podía contrapesar el temperamento volátil de Turkey y la fogosidad de Nippers.

Fuente Hueders.cl

 

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